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Nuestra historia
El Pilar
Valoria la Buena · 1954–1970
Dieciséis años, doscientas cincuenta butacas y una colección de carteles que nadie llegó a tirar.
De indios y de vaqueros, de guerra o de amor. Daba igual: colgaba el cartel de completo.
El Pilar fue un negocio familiar levantado piedra a piedra en un pueblo de Valladolid, y durante dieciséis años fue el sitio donde una comarca entera fue a ver el mundo. Esta es su historia, contada con los datos que la familia conserva: un libro de cuentas, unos tacos de entradas, unas fotografías dedicadas y doscientos carteles.
1952
La piedra
Una cantera, dos mulas y un tronzador.
Arsacio Trejo era agricultor. Tenía seis hijos y una intuición: que una sala de cine podía dar de comer a toda su familia y cambiar la vida de su pueblo. En 1952 empezó a construirla con la piedra que él mismo sacaba.
«Empezamos a construirlo en 1952. La piedra la sacamos de una cantera familiar y también de los páramos. Fue un trabajo durísimo. Para sacar las piedras teníamos que hacer palanca con las varas de los carros, echábamos cuatro viajes diarios con dos mulas.»
Primitivo Trejo, hijo de Arsacio

1953
La licencia
Diez meses de papeleo y una idea muy buena.
Un año después el edificio estaba en pie y equipado con las máquinas más modernas. Faltaba lo más difícil: el permiso de apertura. Les exigían agua corriente y ellos sólo tenían un depósito.
Arsacio resolvió el problema como resolvía las cosas: invitando.
«Al final, mi padre tuvo la picardía de ofrecérselo al gobernador civil para que lo usara en un acto público. Le impresionó ver las butacas tan nuevas, el escenario… y que estuviera cerrado. Él personalmente nos lo dio de paso.»
Primitivo Trejo
El Pilar
Un cine que Pilar apenas llegó a conocer.
Pilar Perez, esposa de Arsacio, vivía cuando el cine abrió sus puertas. Por entonces guardaba luto por la muerte de su madre.
Un día acudió al cine y alguien le reprochó que fuera estando de luto. Aquello la marcó: Pilar no volvió a entrar en la sala.
Su nombre, sin embargo, quedó para siempre unido al cine y a la historia de la familia.
18 · VII · 1954
La inauguración
Doscientas cincuenta butacas y el pueblo entero invitado.
El 18 de julio de 1954 se estrenó el cinematógrafo con la película Horas de ensueño. Todos los vecinos entraron sin pagar.
A partir de ahí, y durante dieciséis años, El Pilar abrió los fines de semana, los festivos y los martes.
Los oficios
Toda una familia detrás de la pantalla.
Orestes, cuñado de la casa y gran aficionado, fue nombrado director y elegía las películas. Fidel se sacó el título de operador en Valladolid y enseñó el oficio a su hermano Primitivo. Carlos iba en bicicleta al apeadero del tren a recoger las latas alquiladas. Gloria y Elisa despachaban en la taquilla. Flaviano, el pequeño, llevaba el bar. Y aún hacía falta contratar a gente.
Entre los dos operadores había un pacto que lo explica todo.
«Cada uno nos encargábamos de pasar media película y así la otra media la podíamos ver con nuestras mujeres.»
Primitivo Trejo
El libro de cuentas
Todavía existe, y sigue cuadrando.
Primitivo Trejo anotaba la recaudación de cada película en un libro que conserva hoy, a sus noventa y tantos años, con la memoria intacta. Ese cuaderno es el inventario más exacto de lo que se vio en Valoria la Buena, y explica por qué se conservaron unos carteles y no otros.
Recaudaciones anotadas a mano en el libro de cuentas de El Pilar.

1955
El estreno
El día que Valoria estrenó a la vez que Madrid.
Las latas de celuloide llegaban al pueblo años después de su estreno, sobre todo las extranjeras. Hubo una excepción: Marcelino Pan y Vino se proyectó aquí al mismo tiempo que en el resto de España.
«Fue la más taquillera. Estuvo tres semanas en cartelera y todos los pases se llenaban con gente de toda la comarca.»
Primitivo Trejo
El NO-DO y la censura
Tapar la escena con la mano.
Antes de cada película era obligatorio proyectar el NO-DO. Y los operadores tenían otro cometido: cortar o tapar los planos que cruzaran la línea de la decencia oficial. Fidel y Primitivo lo hacían sobre la marcha, con la mano delante del haz de luz.
No siempre salía bien.
«Un día me despisté. Sabía que había una escena que tenía que tapar con la mano porque salía una mujer dando a luz. Me pilló distraído y se vio todo. Aquel despiste nos costó doscientas pesetas de multa.»
Primitivo Trejo
La última fila
Cinco pesetas la butaca, dos el gallinero.
Los martes costaba la mitad. Y había una fila que se agotaba siempre antes que ninguna.
«La fila más demandada era la última. Allí iban los novios a hacerse arrumacos.»
Puri, hija de Fidel

Las visitas
Retratos firmados que conserva la familia.
La familia conserva varios retratos de artistas firmados y dedicados personalmente, pequeños recuerdos que han sobrevivido junto a los carteles y otros documentos del Cine El Pilar. Entre ellos se encuentran el de la actriz norteamericana Betty Grable y el de Aurora Bautista, nacida en la vecina Villanueva de los Infantes.
«Venía a menudo a nuestro cine. Estuvo en el estreno de su película Locura de amor y le dedicó una foto a mi bisabuelo.»
José Antonio Fernández, biznieto de Arsacio

1970
El cierre
Después de Tómbola, la pantalla se fundió a negro.
La llegada del televisor a las casas y el vaciado del campo por la mecanización acabaron con el negocio. En 1970, tras proyectar Tómbola, El Pilar echó el cierre. Habían sido dieciséis años.
En 1974 Flaviano recuperó el bar El Pilar, que sus hijos siguen llevando hoy. El nombre nunca llegó a apagarse del todo.
El legado continúa
Una historia que sigue siendo de familia.
El Cine Pintado cuenta también con la colaboración de Arancha, Felipe y José Mari, hijos de Primitivo Trejo, que han aportado algunos de los carteles que conservaban, contribuyendo así a reunir y preservar la memoria del Cine El Pilar.
Lo que no se tiró
Los carteles
sobrevivieron al cine.
Aquellos carteles se imprimían para durar lo que durase la película en cartel: unos días, dos semanas a lo sumo. Después se retiraban y se tiraban. En El Pilar no.
Fidel Trejo los fue guardando, y de él pasaron a su nieto José Luis García Trejo, cuarta generación de la familia. Durante más de veinte años los ha cuidado y ha seguido ampliando el fondo: unos doscientos carteles de los años cincuenta y sesenta, la mayoría firmados por Jano.
Cuando él nació, la pantalla de El Pilar llevaba años apagada. Nunca llegó a ver una película en el cine de su familia: la afición le entró por otro camino.
«Recuerdo que a mi abuelo le apasionaban las películas del oeste y siempre que podía me llevaba al cine a Valladolid.»
José Luis García Trejo
2018
«Mi objetivo algún día es poder hacer una exposición itinerante con estos carteles para que todo el mundo pueda disfrutar de ellos.»
Eso lo dijo José Luis a un periódico en febrero de 2018.
El Cine Pintado es ese objetivo, cumplido.
Un homenaje a la familia Trejo, que hizo del Cine El Pilar una parte de su historia y conservó su recuerdo a través de las generaciones.
Este proyecto está dedicado de forma muy especial a mi abuelo, Fidel Trejo, y a mi tío abuelo, Primitivo Trejo, que vivieron aquel cine desde dentro y cuyos recuerdos han sido fundamentales para mantener viva su historia.
Los datos, las fechas y las declaraciones de esta página proceden del reportaje «Cartel de completo en Valoria la Buena», de Laura Negro Luengo, publicado en El Norte de Castilla el 21 de febrero de 2018, y del archivo familiar de los Trejo.